4 de febrero de 2020 El gatopardo, de Giuseppe T. di Lampedusa

OJOS PARA VER / 4 febrero 2020

DE LA NOVELA EL GATOPARDO A LA IMPLANTACIÓN DE LAS REVOLUCIONES EN LA EUROPA DEL SIGLO XIX

 

1.- EDITORIAL

La novela de Lampedusa

Hoy queremos dedicar el programa a descubrir la belleza en una narración novelesca, por lo tanto dentro de la ficción y de la fantasía del escritor, acerca de un acontecimiento histórico, que sucedió en un espacio concreto y en un tiempo concreto, pero que no está urdido por la mirada objetiva de los historiadores, sino por la creatividad de un escritor que al poner en movimiento personajes, acontecimientos, escenarios, pasiones, costumbres, emociones, esperanzas y desesperanzas, ayuda a comprender la verdad de lo acontecido de acuerdo con la apariencia de verdad que el relato nos suscita, en claves de sentido de la vida, de filosofía de la historia, de psicología del alma humana, de sociología de los procesos revolucionarios, de las costumbres y vivencias religiosas.

 Más aún tendríamos que resaltar: Al situarse  en el siglo XIX el acontecimiento, en un rincón de Italia, en el antiguo reino de Nápoles-Sicilia, dentro del proceso de la Unificación italiana, en aquel momento en que la organización política de la Europa de la cristiandad iba a ser sustituido por el modelo de Estado ideado por Napoleón, fiel a los ideales revolucionarios difundidos por la Ilustración, la novela se nos convierte en un ventanal privilegiado desde el que se puede observar que el fenómeno de la apostasía de hoy, es la continuidad de un proceso de transformación del fenómeno religioso que conserva sus formas, pero ha perdido la esencia de la religión, que es la relación o vinculación íntima con Dios y no los ritos o formas sociológicas que van perdiendo alma y sentido.

La novela se titula El Gatopardo, animal emblemático en la heráldica de la casa nobiliaria de Salinas, a cuya estirpe pertenecen el protagonista de la novela, el príncipe Fabrizio, inspirado en el personaje histórico Giulio IV de Lampedusa y bisabuelo del novelista, el autor Giuseppe Tomasi di Lampedusa, quien la concluyó en 1958, y tras diversos avatares se publicó con gran éxito en 1960, después de muerto el autor. Seguramente muchos oyentes conocerán la versión cinematográfica de Visconti, de 1963.

Sin duda estas aclaraciones son muy importantes porque una cosa es el personaje de ficción y su mundo situado en 1860 y otra muy distinta la fecha en que se escribió la novela, en la que el narrador conoce el desenlace y las consecuencias históricas de los acontecimientos;  pero sobre todo se ha embebido de un pesimismo existencial, de un relativismo nihilista y de un agnosticismo religioso que anuncian el mundo escéptico y carente de sentido de esto que ha dado en llamarse la posmodernidad.

Pero cabe preguntarse si una visión tan negativa, en tantos sentidos tan demoledora de valores cristianos y de creencias, puede ser ocasión para descubrir el esplendor de la verdad, que es el fundamento estético de este programa. ¿Puede extraerse algo positivo de una visión tan cínica y deprimente de la vida?

La contemplación del mal puede incitarnos al mal, sin duda. Y ello sería ocasión para que resonaran las amenazantes palabras de Jesucristo contra los que escandalizan, colgándoles una piedra de molino al cuello y arrojándolos al fondo del mar. Es el riesgo de la manipulación que tan frecuentemente se da con la excusa del arte, bajo falsas y seductoras bellezas. 

Pero la contemplación del mal puede ser también una ocasión para madurar en el bien, e incluso se transforma en advertencia o consejo para que el lector no repita los errores que se describen en las peripecias de los personajes, y corrija en su vivir actitudes y comportamientos que llevan a inevitables desenlaces. Esto es lo que  ofrece el mudo decadente del Príncipe Fabrizio Salina, último representante de un linaje que fue durante siglos puntal de los valores y virtudes de una civilización, y que por desencanto, por considerar que todo está perdido -aunque conserve los modos y formas de su aristocrática elegancia, exquisita, tanto en modales, formas de hablar y de vestir, de tratar y relacionarse con las personas,  se han quedado en formas sin alma hasta el extremo de adoptar una pasividad infecunda y mortal. 

Dice en la última secuencia del capítulo primero:

“Fabrizio vivía en perpetuo descontento…, y se quedaba contemplando la ruina de su propio linaje y patrimonio sin desplegar actividad alguna e incluso sin el menor deseo de poner remedio a estas cosas.”

¿Cómo se explicaría el valor estético de esta novela, amarga en su concepción de la vida y tan semejante a nuestro tiempo en el pensar y en los modos y estilos de vivir, por ejemplo que el valor y la felicidad los dan la economía, el poder y el dinero?

En los sucesos que ocurren en la biografía del Príncipe Fabrizio se nos permite comprender el acontecimiento histórico que pretende reflejar y, en la medida en que aquellos sucesos tuvieron como consecuencia un cambio de época y mentalidad, salvando las diferencias podemos entender mejor lo que está sucediendo en nuestro tiempo.

Grandes sectores de la sociedad llegaron a creer que era el final de la civilización cristiana. La aventura se sitúa en la década de  1860 en que políticos como Cavour, militares como Garibaldi, partidos políticos, prensa y grandes sectores de la cultura estaban convencidos de que la pérdida del poder temporal de la Iglesia y de los Estados Pontificios iba a suponer el fin de la Iglesia católica. No solo no fue así, sino que la alta valoración espiritual del Papado comenzó precisamente con la pérdida del poder temporal. Pío IX, el prisionero del Vaticano, pasará a ser tenido referente espiritual de Occidente.

Pero en la novela la actitud de Fabrizio no participa de esta visión esperanzada, sino de todo lo contrario. Su “no hay nada que hacer”, su entreguismo frente a la Revolución, favoreció el triunfo de la nueva cultura, bajo el principio paradójico de que para conservarlo todo, hay que perderlo todo, o de que todo tiene que cambiar para que todo siga igual.

La novela es muy compleja, y no es fácil de resumir en unas cuantas pinceladas la diversidad de asuntos y matices que plantea. Cuando en 1963 Visconti la convirtió en película -una gran película-, aunque se aproximó a la visión pesimista del protagonista, contribuyó a difundir la idea de que «si queremos que todo siga como está, necesitamos que todo cambie». No recoge el radical sinsentido de la vida o la inutilidad de las revoluciones, porque la única verdad es que la muerte y solo ella es el destino de toda vida humana.

En las distintas secciones del programa resaltaremos algunos momentos de la obra.


 

2.- EL DON DE LA BELLEZA

Vamos a presentar una selección de fragmentos del Capítulo Tercero, titulado Agosto 1860. En los paisajes agrestes del feudo señorial de Donnafugata, Don Fabrizio, acompañado de Tomaso, el más leal de sus colaboradores, pasan un día  desde el amanecer hasta entrada la tarde. La caza en aquel ambiente aristocrático era considerado como un ejercicio el más adecuado para un caballero, que debe estar siempre preparado para salir en armas en defensa de su Rey.  Pero no, la caza no era un ejercicio cinegético siquiera para mantenerse en forma física. La caza se convertía en una ocasión para huir de sus problemas, personales, o políticos, Era simplemente evasión de una realidad que no quiere afrontar y menos en conciencia. Huir, buscar componendas, en definitiva incumplir con sus exigencias de clase, linaje y hasta de conciencia. 

En el silencio de aquellos ancestrales paisajes sicilianos, cobra un dramatismo estremecedor la descripción costumbrista, muy en línea con el realismo cinematográfico de los años 50 italianos,  detallista y atenta con que se nos presenta este comienzo de un día de caza.

 

“Don Fabrizio, junto con «Teresina» y «Arguto», perros, y don Ciccio Tumeo, acompañante, se pasaba de caza largas horas, desde el alba al atardecer. El cansancio estaba fuera de toda proporción con respecto a los resultados, porque incluso a los más expertos tiradores se les hace difícil dar en un blanco que casi nunca existe; y era mucho si el príncipe, de regreso, podía hacer llevar a la cocina un par de perdices, del mismo modo que don Ciccio se consideraba afortunado si por la noche podía depositar sobre la mesa un conejo, el cual, por lo demás, era ipso facto ascendido al grado de liebre, como es costumbre entre nosotros.

 

Por otra parte, un abundante botín habría sido para el príncipe un placer secundario, el deleite de los días de caza no era ése, hallábase dividido en muchos pequeños episodios. Comenzaba con el afeitado en la habitación todavía a oscuras, a la luz de una vela que hacía enfáticos los ademanes sobre los policromos artesonados; le estimulaba atravesar los salones adormecidos, esquivar a la luz vacilante las mesas con los naipes en desorden entre fichas y vasitos vacíos, y descubrir entre ellos el caballo de espadas que le ofrecía un augurio viril; recorrer el jardín inmóvil bajo la luz gris en la cual los pájaros más madrugadores se desvivían por hacer saltar el rocío de sus plumas; escabullirse a través de la puerta inmovilizada por la yedra: huir, en suma, y luego, en la carretera, inocentísima aún a los primeros albores, se encontraba con don Ciccio sonriente entre los bigotes amarillentos mientras juraba afectuoso contra los perros. A éstos, en la espera, les temblaban los músculos bajo la piel. Venus brillaba, grano de uva abierto, transparente y húmedo, pero ya parecía oírse el ruido del carro solar que subía la cuesta bajo el horizonte. Pronto encontraban las primeras greyes que avanzaban lentas como mareas, guiadas a pedradas por los pastores calzados de pieles. Las lanas eran mórbidas y rosadas a los primeros rayos. Luego había que dirimir oscuros litigios de precedencia entre los perros de pastor y los puntillosos sabuesos, y después de este intermedio ensordecedor se subían rodeando por una pendiente y uno se encontraba en el inmemorial silencio de la Sicilia pastoril. De pronto uno estaba lejos de todo, en el espacio y más aún en el tiempo.”

 

Un segundo fragmento, quizás por mil motivos diferentes, seleccionado en numerosas antologías. Por fin consiguen cazar un conejillo de monte. Aunque lo parezca, no se trata de una descripción realista o incluso naturalista por los detalles de crudeza que se nombran y por los sentimientos que al lector le despierta. No, no. Se trata de  una descripción simbólica en la que  el narrador aprovecha la agonía del conejo para desvelar su visión absurda de la muerte, proyecta su inútil resistencia a desaparecer, manteniendo una esperanza contra toda esperanza. Esta pequeña descripción adelanta el hondo pesimismo que recorre la obra y que expresa la actitud tan frecuente en tantos contemporáneos nuestros cuando se ha perdido el sentido de lo transcendente y la esperanza de la vida eterna.

 

 “Reducida a estos elementos esenciales, con el rostro lavado del disfraz de las preocupaciones, la vida se mostraba bajo un aspecto tolerable. Poco antes de llegar a la cumbre del cerro, aquella mañana «Arguto» y «Teresina» iniciaron la danza religiosa de los perros que han descubierto la caza: rastreamientos, tensiones, cautos levantamientos de patas, ladridos contenidos. A los pocos instantes un culito de pelos grises se movió entre las yerbas, dos tiros casi simultáneos pusieron fin a la silenciosa espera. «Arguto» depositó a los pies del príncipe un animalillo agonizante.

Era un conejo: la modesta casaca de color de arcilla no había bastado para salvarlo. Horribles desgarraduras le habían lacerado el hocico y el pecho. Don Fabrizio sintió sobre sí la mirada de los grandes ojos negros que, invadidos rápidamente por un velo glauco, lo contemplaban sin reproche pero poseídos por un dolor atónito dirigido contra el orden de las cosas. Las aterciopeladas orejas estaban ya frías, las vigorosas patitas se contraían rítmicamente, símbolos supervivientes de un inútil impulso: el animal moría torturado por una ansiosa esperanza de salvación, imaginando poder todavía librarse cuando ya había sido apresado, como tantos hombres. Mientras los piadosos pulgares acariciaban el mísero hocico, el animal tuvo un postrer estremecimiento y murió. Pero don Fabrizio y don Ciccio habían tenido su pasatiempo. El primero había experimentado además del placer de matar el goce tranquilizador de compadecer.”

 

3.- APRENDER A MIRAR

Vamos a seleccionar un fragmento del capítulo cuarto de El Gatopardo. Un fragmento en apariencia menor, por su condición secundaria dentro de la trama de la obra. Frente a frente, los personajes que encarnan la visión contrapuesta de la vida: Don Fabrizio, la aristocracia y los buenos modales; Don Calógero Sedara, el nuevo rico, burgués enriquecido con la especulación y la compra de los bienes desamortizados por el Estado. ¿Es una simple contraposición de buena o mala educación, de buenos modales o de los residuos que quedan de tener o no conciencia, de respetar al ser humano o de atreverse con todo?. Un tema menor se convierte en nuclear de toda la obra. Cambiarlo todo para que todo siga igual, empieza por exigir que desaparezca junto a la urbanidad… la conciencia.


 “De más frecuentes contactos derivados del acuerdo nupcial, comenzó a nacer en don Fabrizio una curiosa admiración por los méritos de Sedàra. La costumbre lo habituó a las mejillas mal afeitadas, al acento plebeyo, a los trajes mal cortados y al persistente husmo de sudor rancio y comenzó a darse cuenta de que el hombre poseía una rara inteligencia. Muchos problemas que parecían insolubles al príncipe, don Calogero los resolvía en un santiamén. Despojado de los cien impedimentos que la honestidad, la decencia e incluso la buena educación imponen a las acciones de muchos otros hombres, comportábase en el bosque de la vida con la seguridad de un elefante que, arrancando árboles y aplastando madrigueras, avanza en línea recta sin advertir siquiera los arañazos de las espinas y los lamentos de las víctimas. Educado y habiendo vivido en pequeños y amenos valles recorridos por los céfiros corteses de los «por favor», «te agradecería», «ten la bondad» y «has sido muy amable», el príncipe ahora, cuando charlaba con don Calogero, se encontraba, en cambio, al descubierto en un páramo azotado por secos vientos, aunque en lo más hondo de su corazón seguía prefiriendo las quebradas de los montes, no podía dejar de admirar el ímpetu de aquellas corrientes de aire que de las encinas y los cedros de Donnafugata arrancaba arpegios hasta entonces nunca oídos.

Poco a poco, casi sin advertirlo, don Fabrizio contaba a don Calogero sus propios asuntos, que eran numerosos, complejos y mal conocidos por él, y esto no ya por defecto de penetración, sino por una especie de despreciativa indiferencia con respecto a este género de cosas, consideradas ínfimas, y causada, en el fondo, por la indolencia y la siempre comprobada facilidad con la cual había salido de los malos pasos mediante la venta de unos centenares entre los miles de hectáreas que poseía.

Los actos que don Calogero aconsejaba después de haber escuchado al príncipe y de haber ordenado nuevamente, a su modo, la relación, eran muy oportunos y de efectos inmediatos, pero el resultado final de los consejos, concebidos con cruel eficacia y aplicados por el afable don Fabrizio con temerosa delicadeza, fue que con el transcurso de los años la Casa de los Salina adquirió fama de mezquindad con respecto a quienes de ella dependían, y aunque totalmente inmerecida, esta fama acabó destruyendo su prestigio en Donnafugata y en Querceta, mientras que, por otra parte, su patrimonio siguió desmoronándose.”

 

4.- RINCÓN DE LA PINTURA

“La muerte del justo”, de Jean-Baptiste Greuze

Les ofrecemos hoy en este rincón de la pintura una ocasión nunca utilizada en este programa hasta el día de hoy. Una obra pictórica  que aparece en uno de los momentos más significativos del relato va a ser comentada por el propio protagonista, don Fabricio. 

Nos hallamos en los salones de un palacio de la más rancia aristocracia, el palacio de Don Pontoleone, suntuoso por sus antiguas decoraciones, ricas en oro. En el pasaje en que alegre y fastuosamente se divierten los representantes de las dos civilizaciones en litigio, la antigua aristocrática, que se extingue, y la nueva de la burguesía, revolucionaria y enriquecida, representadas por Don Fabrizio y Don Calógero, respectivamente.  

Junto  a ellos  se halla el estamento militar, por el papel entre heroico y de farsa que le va a tocar cumplir. Como conjunto dominante, la juventud, bulliciosa y alegre, una juventud que aspira a aunar la estirpe noble de los antiguos linajes aristocráticos con el dinero fácil de los nuevos ricos burgueses. Por sobre todos sobrevuela la pareja de novios, Angélica Sedara, la hija del alcalde revolucionario, y Tancredi, de la sangre de los Salinas, arruinado por un padre libertino y de mala cabeza. Linaje y dinero. Es el baile, es la fiesta que olvida las luchas y celebra la configuración de la nueva sociedad de finales del XIX. 

Don Fabricio en su apática actitud es consciente del final o ruina de su estirpe y linaje. No es un anciano, pero se ha dejado arrebatar por el espíritu del desencanto y de una melancolía interior que no le deja  aprovechar gozosamente su nueva situación.  Más que de los cambios de sociedad, está convencido de que la vida humana no es otra cosa que la contraposición entre el esplendor de la juventud y el de la muerte. 

El cuadro colgado en la Biblioteca, era una copia del pintor Jean-Baptiste Greuze,pintor francés de mediados del siglo XVIII. A diferencia de otros pintores de cuadros de género, a Greuze no le interesaba la minuciosidad de los detalles, la belleza del color y la expresión de sentimientos frívolos. No se divierte a costa de las clases bajas, ni adopta una actitud de condescendencia hacia ellas. Prefiere, como cualquier pintor de cuadros de tema histórico, interesarse por la humanidad en general y representar el equilibrio o desequilibrio entre las pasiones y el intelecto. Gustó a los enciclopedistas; la Revolución francesa y el Romanticismo lo olvidaron.

La muerte del justo, así se titula el cuadro, es una escena  más teatral que dramática, gesticulante y poco acorde con la muerte del anciano padre y abuelo. Es el comentario de don Fabricio el que descubre claves  que dan relieve  a la composición, sobre todo por el estado de ánimo de quien lo contempla. La narración sigue las constantes de toda la novela: el cínico empleo de contrastes entre la dorada y decadente estética aristocrática y el realismo sucio de una realidad ya podrida hasta la repugnancia. El realismo de una vida amargada y sin ideales verdaderos.



 “Sentóse de nuevo. Le gustaba la biblioteca y pronto en ella se encontró a gusto; no se opuso a que él tomara posesión de ella porque era impersonal como lo son las estancias poco habitadas: Ponteleone no era individuo que perdiese allí el tiempo.

Don Fabrizio púsose a contemplar un cuadro que tenía delante. Era una buena copia de la Muerte del justo de Greuze: el anciano estaba expirando en su lecho, entre los bullones de sus limpísimas sábanas, rodeado por nietos y nietas que levantaban los brazos hacia el techo. Las muchachas eran graciosas, picarescas, y el desorden de sus vestidos más sugería el libertinaje que el dolor: se comprendía al punto que ellas eran el verdadero tema del cuadro. Sin embargo, por un instante don Fabrizio se sorprendió de que Diego pudiera tener siempre ante los ojos aquella melancólica escena. Luego se tranquilizó al pensar que debería entrar en aquella estancia no más de una vez al año.

De pronto se preguntó si su propia muerte sería semejante a aquélla. Probablemente sí, pero sus ropas serían menos impecables —él lo sabía: las sábanas de los agonizantes están siempre sucias porque están llenas de babas, deyecciones y manchas de medicinas...— y era de esperar que Concetta, Carolina y las demás estuvieran más decentemente vestidas. Pero, en conjunto, lo mismo. Como siempre, la consideración de su muerte lo serenaba tanto como lo turbaba la muerte de los demás. Tal vez porque, en fin de cuentas, su muerte era el final del mundo.”


5.- MOMENTO PARA LA POESÍA

“EL PINO DE FORMENTOR”, de MIGUEL COSTA Y LLOBERA

 

Les  ofrecemos  un poema  publicado en 1878, “El pino de Formentor”, de Miguel Costa y Llobera. Es la antítesis de la actitud de Don Fabrizio de no resistirse ni plantar cara a la sociedad nueva que está transformando la vida. Hoy nuestra sociedad parece que se mueve entre el modelo ilustrado, moderadamente racional, burgués y centrista y el radicalismo de todo vale, que la audacia ampara la victoria y un desorden más qué le importa al mundo…. Que en el fondo también viene de la Ilustración.

Algunos nos apuntamos a la esperanza de una sociedad mejor, la anhelada civilización del amor, para ver que en el curso de la historia contemporánea se impone hoy una opción que, entre triunfos materiales admirables, deja al ser humano desorientado y vacío, deshumanizado. 

Santiago Arellano descubrió  el poema mencionado, “El pino de Fomentor”, siendo estudiante en la Universidad Central de Barcelona. Eran los años de mayo del 68, tiempo de revueltas sociales y políticas que sufrió la Universidad. Se estaba cociendo la transición política española. Y ya saben, se incitaba a subir al tren de la victoria y el progreso, a un futuro mejor: revolución sexual, revolución ética, revolución familiar, por fin la libertad, por fin Europa, por fin una democracia que garantizaría una vida mejor. 

 Era todo tan vital, tan exuberante, tan de asombrosos fuegos artificiales, tan de echar por la borda raíces vividas en la familia: de religiosidad, de trabajo de sol a sol, de esfuerzo y vencimientos personales, de un amor sencillo y serio…, que no era difícil percibir un señuelo peligroso, una utopía por la que no valía la pena claudicar. No se puede dudar de lo benéfica y necesaria que resulta la poda e incluso la opción más radical del injerto, pero siempre salvando la raíz. 

 “El pino de Formentor” se convierte así en un referente que expresa anhelos íntimos y, por otra parte, describe las consecuencias de ir a contracorriente, de la incomprensión, de parecer una persona rara. Pero vale la pena. Nos parece admirable la actitud heroica propia del titán en que el pino asentado en la roca, sobre una ladera abrupta  e inasequible, resiste tormentas y huracanes, sin más alimento que la humedad del mar y la luminosidad del cielo. Son elocuente por ello las dos últimas estrofas:

 

¡Árbol, tu suerte envidio! Sobre la tierra impura

de un ideal sagrado la cifra en ti he de ver.

Luchar, vencer constante, mirar desde la altura,

vivir y alimentarse de cielo y de luz pura…

¡Oh vida, oh noble ser!

 

¡Arriba, oh alma fuerte! Desdeña el lodo inmundo,

y en las austeras cumbres arraiga con afán,

Verás al pie estrellarse las olas de este mundo,

y libres como alciones sobre ese mar profundo

tus cantos volarán.

 

Costa y Llobera es un gran poeta olvidado. Nació en Pollença, Mallorca, en 1854 y murió en Palma de Mallorca en 1922. Sacerdote, poeta, traductor, orador y prosista. Por formación académica es un clásico. Escribía indistintamente en castellano y catalán. Cuando lo hacía en catalán, él mismo lo recreaba en castellano, no solo lo traducía. Fue miembro de la RAE. Defendía un equilibrio entre el sentimiento y la inspiración, y un cuidado por la forma pero sin los excesos del formalismo de este o aquel Parnaso, ni una libertad temática sin referencia a la verdad. Sus temas dominantes fueron el paisaje de su tierra y la religión. El escarpado paisaje del cabo de Formentor, en el norte de Mallorca, inspiró sus poemas. El pino que canta como símbolo se encontraba en una de las laderas de una finca familiar donde se retiraba en verano.

 Recio poema romántico, quizás más rotundo desde una mirada católica. ¿Influjos de Victor Hugo? ¿Forma romántica en la combinación de versos alejandrinos terminados con un heptasílabo? ¿Clásico  en la estrofa? ¡Profeta, sobre todo, de destello celestial!

 

Hay en mi tierra un árbol que el corazón venera:

de cedro es su ramaje, de césped su verdor;

anida entre sus hojas perenne primavera,

y arrostra los turbiones que azotan la ribera,

añoso luchador.

 

No asoma por sus ramos la flor enamorada,

no va la fuentecilla sus plantas a besar;

mas báñase en aromas su frente consagrada,

y tiene por terreno la costa acantilada,

por fuente el hondo mar.

 

Al ver sobre las olas rayar la luz divina,

no escucha débil trino que al hombre da placer;

el grito oye salvaje del águila marina,

o siente el ala enorme que el vendaval domina

su copa estremecer.

 

Del limo de la tierra no toma vil sustento;

retuerce sus raíces en duro peñascal.

Bebe rocío y lluvias, radiosa luz y viento;

y cual viejo profeta recibe el alimento

de efluvio celestial.

 

¡Árbol sublime! Enseña de vida que adivino,

la inmensidad augusta domina por doquier.

Si dura le es la tierra, celeste su destino

le encanta, y aun le sirven el trueno y torbellino

de gloria y de placer.

 

¡Oh! sí: que cuando libres asaltan la ribera

los vientos y las olas con hórrido fragor,

entonces ríe y canta con la borrasca fiera,

y sobre rotas nubes la augusta cabellera

sacude triunfador.

 

¡Árbol, tu suerte envidio! Sobre la tierra impura

de un ideal sagrado la cifra en ti he de ver.

Luchar, vencer constante, mirar desde la altura,

vivir y alimentarse de cielo y de luz pura…

¡Oh vida, oh noble ser!

 

¡Arriba, oh alma fuerte! Desdeña el lodo inmundo,

y en las austeras cumbres arraiga con afán,

Verás al pie estrellarse las olas de este mundo,

y libres como alciones sobre ese mar profundo

tus cantos volarán.

 

6.- LAS OTRAS ARTES

En 1963 Luchino Visconti  nos ofrecía una espléndida interpretación de la novela El gatopardo en su versión cinematográfica.  Visconti, descendiente de esa aristocracia histórica por linaje, supo captar  en mil detalles de ambientación de decorados  el esplendor de un pasado que está condenado a desaparecer.  La nobleza señorial, representada en el Príncipe Fabrizio, exquisita en sus finuras  formales y galantes, frente a una burguesía ambiciosa y adinerada, pero vulgar en gustos y modales dueña y rectora de la nueva sociedad. La película es sin duda una obra de arte. Fiel en la visión de la elegíaca melancolía del protagonista, sutil en la interpretación de procesos psicológicos y causas históricas, que le llevan a desear su desaparición definitiva, su muerte personal como liberación de su angustia personal.

Como en tantas ocasiones, la novela es mucho más que lo planteado en la versión cinematográfica. El simple hecho de que la película renuncie a presentar los dos capítulos finales, el de la muerte de Don Fabricio y el final del linaje de los Salina, con la última secuencia que lleva el significativo título  “Fin de todo”, algo nos indica. Visconti no podía llevar a la pantalla la visión demoledora de narrador Lampedusa. La inutilidad de todo, porque  es la condición humana la que está asediada por el acabamiento y la muerte en la que sólo la juventud, y mientras dura, es lo  valioso para la humanidad. Los actores, Burt  Lancaster, Alain Delón y Claudia Cardinale, Paolo Stoppa. o Romolo Valli, la música, los decorados  ponen las bases de una obra maestra. 

Elegimos  los últimos minutos de la obra. En clara contraposición con don Calóngero, que se retira con su hija y su futuro yerno, cómodamente asentado en el coche de caballos, satisfecho por la fiesta nocturna y sobre todo por  haber conseguido hacer realidad todo por lo que había luchado, Don Fabrizio prefiere volver a su casa  a pie, como un hombre más que va a perderse en las tinieblas de la noche.

En la escena final de la película don Fabricio sale del baile y se marcha a casa, solo, caminando. En el trayecto se cruza con un sacerdote que va a administrar el viático (en la novela lo hace con un carro de terneros descuartizados y sangrantes).  Hace una genuflexión a su paso, persignándose con un ceremonial y respeto impecables. Forma sin espíritu.  Poco después aparecen sus verdaderas creencias, el hombre de ciencia dirige una oración de súplica, pero no a Cristo. Sin cambiar de posición, mira al cielo invocando a la estrella del amanecer.

Lo que desea, lisa y llanamente, es el negro abrazo de una muerte sin esperanza. Se incorpora lentamente y continúa su camino. Su figura se funde con la oscuridad, en una estrecha callejuela, mientras las campanas con su tañido lúgubre sugieren que el príncipe y su mundo caminan hacia una muerte inevitable y sin salida.

https://youtu.be/7fk8LxKy8nk

 

7.-  “MOMO”, LA EXTRAÑA HISTORIA DE LOS LADRONES DEL TIEMPO Y DE LA NIÑA QUE DEVOLVIÓ EL TIEMPO A LOS HOMBRES .

El escenario inicial donde discurre Momo es el del contraste entre las modernas urbes, agitadas por el ruido y por las prisas, “donde la gente va en coche o en tranvía, tiene teléfono y electricidad…”, y ciertos reductos en los que -lejos del mundanal ruido- la sencillez y la pobreza caracterizan a ciertas gentes buenas, acogedoras y alegres que, sin grandes filosofías, muestran que la felicidad no consiste en llegar a tener lo que se quiere, sino en saber querer y apreciar lo que se tiene, aunque sea poco. Gente, como se dice en las primeras páginas, amable y pobre, que “conocía la vida”.

En uno de esos raros lugares aparece un día Momo, una niña también pobre, con unos ojos negros de limpia y sugerente mirada. Analfabeta, escapada de un hospicio sin alma, se instala entre las ruinas de un antiguo anfiteatro con ayuda de sus vecinos, gente sencilla que, para recibirla, organiza una sencilla y divertida fiesta “como sólo saben celebrarlas la gente modesta”.

La amistad entre la pequeña Momo y la gente de los alrededores hizo que la niña viera remediadas sus principales necesidades. Siempre tenía algo que comer, “un techo sobre su cabeza, una cama y, cuando tenía frío, podía encender el fuego. Y lo más importante, tenía muchos y buenos amigos.”

Lo más sorprendente era que en ese tenerse unos a otros, en su amistad, la gente pronto se dio cuenta de que había tenido mucha suerte, pues necesitaban a Momo hasta el punto de que ésta llegó a hacerse imprescindible.

Pero, ¿por qué?... Pues resulta que Momo poseía una curiosa capacidad: la de escuchar. Gracias a ella, vecinos y amigos se redescubrían a sí mismos. El hecho de ser acogidos y estimados por alguien les movía a comprenderse y quererse a sí mismos y entre ellos. Pero, ¿tan importante es saber escuchar?

Pues sí, escuchar, escuchar de verdad, es atender, comprender, acoger, valorar. La verdadera escucha es interior. A través de la mirada, incluso de la disposición corporal, nos mostramos abiertos a lo que la otra persona dice desde su corazón. Apreciamos no sólo sus palabras, sino también lo que quiere decir a través y más allá de esas palabras.

La escucha sincera, sin juzgar ni condenar al otro, concediéndole su tiempo, suscita sentimientos positivos de confianza entre las personas. Es en el fondo un aspecto esencial del trato respetuoso y amable. Hablamos de la habilidad de escuchar, no sólo lo que la persona está expresando directamente, sino también los sentimientos, ideas o pensamientos que subyacen a lo que se está diciendo. Por eso no es posible escuchar con prisas. Es necesario tiempo, sosiego, silencio, paz. Y muy pocas personas saben escuchar de verdad.

El texto que vamos a leer a continuación se centra en el modo en que Momo sabía prestar su atención a los demás, fundamentalmente a través de una escucha acogedora y sincera, saliendo de las propias preocupaciones y mostrándose atenta sólo a quien le estaba hablando. El efecto en las demás personas era sorprendente y muy positivo. 

Cuando sabemos escuchar a los demás –o cuando nos sentimos escuchados de verdad-, la persona a la que se escucha, casi sorprendentemente, se siente atendida, comprendida y valorada; y es capaz de sacar lo mejor de sí misma. La actitud de escucha a los demás no es fácil, ha de ser aprendida y cuidada. Es una clave esencial para una relación de respeto a las personas, de confianza, de amistad. 

El respeto implica aceptar a las demás personas como valiosas por encima de todo, reconocer su dignidad personal a pesar de sus defectos o de las diferencias que puedan producirse en el trato o la relación mutua. El modo en que las personas nos sentimos tratadas –respetuosamente o no- repercute en el concepto que podemos llegar a tener de nosotras mismas y del grado de autoconfianza o autoestima que podamos desarrollar. 

 “Casi siempre se veía a alguien sentado con ella, que le hablaba solícitamente. Y el que la necesitaba y no podía ir, la mandaba buscar. (…)

Pero, ¿por qué? ¿Es que Momo era tan increíblemente lista que tenía un buen consejo para cualquiera? ¿Encontraba siempre las palabras apropiadas cuando alguien necesitaba consuelo? ¿Sabía hacer juicios sabios y justos? 

No; Momo, como cualquier otro niño, no sabía hacer nada de todo eso. 

Entonces, ¿es que Momo sabía algo que ponía a la gente de buen humor? ¿Sabía cantar muy bien? ¿O sabía tocar un instrumento? ¿O es que —ya que vivía en una especie de circo— sabía bailar o hacer acrobacias? 

No, tampoco era eso. 

¿Acaso sabía magia? ¿Conocía algún encantamiento con el que se pudiera ahuyentar todas las miserias y preocupaciones? ¿Sabía leer en las líneas de la mano o predecir el futuro de cualquier otro modo? 

Nada de eso. Lo que la pequeña Momo sabía hacer como nadie era escuchar. 

Eso no es nada especial, dirá, quizás, algún lector; cualquiera sabe escuchar. Pues eso es un error. Muy pocas personas saben escuchar de verdad. Y la manera en que sabía escuchar Momo era única. 

Momo sabía escuchar de tal manera que a la gente tonta se le ocurrían, de repente, ideas muy inteligentes. No porque dijera o preguntara algo que llevara a los demás a pensar esas ideas, no; simplemente estaba allí y es con toda su atención y toda simpatía. Mientras tanto miraba al otro con sus grandes ojos negros y el otro en cuestión notaba de inmediato cómo se le ocurrían pensamientos que nunca hubiera creído que estaban en él. 

Sabía escuchar de tal manera que la gente perpleja o indecisa sabía muy bien, de repente, qué era lo que quería. 

O los tímidos se sentían de súbito muy libres y valerosos. O los desgraciados y agobiados se volvían confiados y alegres. 

Y si alguien creía que su vida estaba totalmente perdida y que era insignificante y que él mismo no era más que uno entre millones, y que no importaba nada y que se podía sustituir con la misma facilidad que una maceta rota, iba y le contaba todo eso a la pequeña Momo, y le resultaba claro, de modo misterioso mientras hablaba, que tal como era sólo había uno entre todos los hombres y que, por eso, era importante a su manera, para el mundo. 

¡Así sabía escuchar Momo!”

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