21 enero 2020 - ACERCA DE LA CONCIENCIA

OJOS PARA VER / 21 ENERO 2020

ACERCA DE LA CONCIENCIA


1.- EDITORIAL

Hoy 21 de enero celebramos a Santa Inés, una joven de doce años que prefirió perder su vida en la persecución de Diocleciano, por ser fiel al amor de Jesucristo. Lo tenía muy claro. En lo más hondo de su ser comprendió que sólo en Cristo Jesús todas las cosas tienen sentido y plenitud. Sin Él nada vale la pena. ¿De qué podíamos hablar bajo el patrocinio de esta mártir tan juvenil?

Queremos dedicar nuestro programa de hoy a la conciencia. ¿Y por qué? Porque la autenticidad de las vivencias espirituales –todas, pero en este caso las espirituales- no las garantiza el escenario, por sagrado que sea, sino la respuesta de nuestro yo más íntimo. El Catecismo de la Iglesia Católica enseña: “La conciencia es el núcleo más secreto y el sagrario del hombre, en el que éste se siente a solas con Dios, cuya voz resuena en el recinto más íntimo de aquélla”.  Este es el recinto íntimo  donde toda vivencia contrasta, en su crisol, la autenticidad y  muestra la escala de sus quilates. Estés en el templo, estés en tu casa o en medio de la calle, el sello de su valía lo marca la conciencia. Es el poder de nuestra interiorización que te abre a la presencia sagrada de todo un Dios con solo mirar hacia dentro. Eso encontramos en Santa Inés. Y eso encontramos en el anciano Eleazar en el pueblo de Israel. Y eso lo encontramos en el mundo clásico en el personaje trágico de Antígona. Y en sublimes modelos como el de Santo Tomás Moro, decapitado por ser fiel a su conciencia

Sin duda la conciencia ha sido un referente universal hasta los tiempos modernos en que frontalmente se niega, o se reduce a un condicionamiento cultural o a un lóbulo de nuestro cerebro. El ejemplo de Eleazar, el anciano escriba del que se habla en el libro de los Macabeos, testimonia  esta verdad.

Era un anciano de venerable aspecto y uno de los principales doctores de la Ley. Los perseguidores, pensando que el pueblo seguiría el ejemplo de Eleazar, trataron de hacerle apostatar por medio de halagos, amenazas y violencias, pero el anciano no cedió. Algunos de los que presenciaron la tortura, movidos de compasión, aconsejaron que se diese a Eleazar un poco de carne no prohibida por la Ley a fin de que los judíos creyesen que había comido carne de puerco, y el rey quedaría satisfecho. Pero Eleazar se negó a admitir ese subterfugio, diciendo que los jóvenes se sentirían autorizados a violar la Ley, puesto que él, a los noventa años de edad, había adoptado los ritos de los gentiles. En seguida añadió que si perpetrara el engaño no escaparía de la mano del Todopoderoso. Trasladado al sitio de la ejecución, Eleazar exclama antes de morir en la flagelación: «El Señor, que posee la ciencia santa, sabe bien que, pudiendo librarme de la muerte, soporto flagelado en mi cuerpo recios dolores, pero en mi alma los sufro con gusto por temor de él». 

No menos admirable es el ejemplo de Antígona. Su palabras serán un referente  universal.

La tragedia se representó en Atenas en el año 442 a. C. Tebas en el espacio escénico; pero argumentos y personajes giran entorno al malhadado destino de Edipo. Antígona, su hija, deberá morir como todos los de su estirpe. En su caso no por un ciego e inevitable fatum, sino por un acto de decisión personal. Antígona va a morir porque prefiere seguir libremente los dictados de su conciencia antes que contradecirla, opción que le hubiera supuesto disfrutar de una vida acomodada, casarse con Hemón, el hijo del Rey Creonte, tirano que ha decretado dejar insepulto a Polinices y celebrar pomposas honras fúnebres por Eteocles, hijos también de Edipo, como Antígona. Ambos han encontrado la muerte en combate, pero aquel en contra de Tebas y este a favor. Antígona no duda en desobedecer al tirano dando sepultura a su hermano Polinices, por obedecer  a principios inscritos en su interior  aunque “nadie sabe de dónde surgieron”.

Antígona  es testigo admirable de algo que se nos está olvidando en nuestro tiempo: La ley moral universal, inscrita en la conciencia de todos los hombres, aquella que se denominó siempre “ley natural” y que perfeccionó y clarificó la ley positiva revelada. Sus palabras pronunciadas cinco siglos antes de Cristo son un documento inapreciable: 

“No pensaba que tus proclamas tuvieran tanto poder como para que un mortal pudiera transgredir las leyes no escritas e in­quebrantables de  los dioses. Estas no son de hoy, ni de ayer, sino de siempre, y nadie sabe de dónde surgieron.”

Casi con estas palabras lo recuerda el Catecismo: “Nº1776 “En lo más profundo de su conciencia el hombre descubre una ley que él no se da a sí mismo, sino a la que debe obedecer y cuya voz resuena, cuando es necesario, en los oídos de su corazón, llamándole siempre a amar y a hacer el bien y a evitar el mal [...]. El hombre tiene una ley inscrita por Dios en su corazón [...].”

La conciencia se puede oscurecer, aturdir, confundir y aún silenciar. Por eso añade el Catecismo: “Hay que formar la conciencia, y esclarecer el juicio moral. Una conciencia bien formada es recta y veraz. Formula sus juicios según la razón, conforme al bien verdadero querido por la sabiduría del Creador. La educación de la conciencia es indispensable a seres humanos sometidos a influencias negativas y tentados por el pecado a preferir su propio juicio y a rechazar las enseñanzas autorizadas”.

La educación de la conciencia es una tarea de toda la vida por la que despierta el niño al conocimiento y la práctica de la ley interior reconocida por la conciencia moral. “Una educación prudente enseña la virtud; preserva o sana del miedo, del egoísmo y del orgullo, de los insanos sentimientos de culpabilidad y de los movimientos de complacencia, nacidos de la debilidad y de las faltas humanas. La educación de la conciencia garantiza la libertad y engendra la paz del corazón.”

En el mundo moderno y contemporáneo se ha creído que la conciencia es un obstáculo para la plena libertad del hombre. Para que el hombre pueda realizar el “atrevámonos a todo” del príncipe Segismundo en La vida es sueño, es necesario acallar la voz de la conciencia. Veámoslo en diversos momentos del triunfo o del fracaso de la conciencia en una limitada selección de momentos literarios extraordinarios

 

2.- EL DON DE LA BELLEZA

LA CONCIENCIA, EL ESPACIO DE DIOS

Para empezar hemos seleccionado un  breve fragmento de la novela de Víctor Hugo “Los miserables”. Su asunto central, describirnos la conciencia en pleno funcionamiento. No la capacidad humana de reflexionar, no el diálogo callado que se debate en nuestro interior, calibrando pros y contras. La conciencia, es decir, ese “espacio” interior donde se hace presente Dios y  resuena su voz.

Entre la galería de personajes, destaca el protagonista Jean Valjean. La novela va a desvelarnos el proceso interior al que los mil influjos adversos parecían destinarle a convertirse en una alimaña violenta y cruel. Que se lo pregunten al inspector de policía Javert: 

“-Quien ha nacido miserable y ha crecido en presidios entre criminales y violencias, no tiene redención posible. Es carne de cárcel y a la cárcel, tarde o temprano, volverá.”

Pocos años más tarde de la publicación de esta novela en 1862, Emilio Zola defenderá, dentro del naturalismo determinista, estas doctrinas. Víctor Hugo propone una solución radicalmente opuesta. Cree en la libertad. Cree que las inclinaciones genéticas, favorecidas, incluso, por una biografía y unas circunstancias propicias al mal, no imposibilitan que alguien pueda llegar a convertirse en un hombre de bien. Solo se necesita que viva una experiencia fundamental que derrumbe sus barreras y le abra la mirada a una nueva realidad. 

Entre los numerosos estratos temáticos de la novela, uno de los más valiosos es la descripción del camino interior que convertirá al presidiario Jean Valjean en una buena persona. Un encuentro fortuito con el obispo Bienvenido, hombre de Dios, lo marcará  para siempre. Este no sólo no le acusó del robo de sus cubiertos de plata, sino que, encima, le regaló dos candelabros, nada menos que los últimos vestigios de la herencia familiar, arruinada en los años crueles de la revolución francesa. Pero hubo algo más importante, el compromiso adquirido de transformarse en un hombre nuevo, surgido de su alma. 

El alma, sí, ese componente de toda persona, que es más que un cerebro capaz de reflexionar, comprender y decidir por encima de impulsos y apetencias. Si sólo somos materia evolucionada, no es posible educar, ni siquiera obrar moralmente. Si no existe el espíritu, no podremos conseguir una vida virtuosa, ni en nosotros ni en nuestros hijos. El alma espiritual, creada directamente por Dios, arguye de nuestra dignidad y exige algo más que la materia para explicar, entre otras cosas, nuestro deseo de ser mejores. Pero volvamos a Los miserables.

No sin esfuerzo, Jean Valjean se ha convertido en un hombre nuevo. Ha cambiado hasta de nombre. No por casualidad se hace llamar Señor Magdalena, como aquella mujer, nueva tras el encuentro con Cristo. Ser fiel a Dios y ocultar su antigua identidad ha sido su preocupación en los últimos ocho años. Todo le iba bien. Pero era necesario superar la prueba que le convertirá en una persona buena, no sólo ante los ojos de los hombres, sino ante Dios.

Pues bien, en Arras, a  cierta distancia de donde es alcalde y vive el Sr. Magdalena, han detenido e identificado como Jean Valjean a un pobre desgraciado. La noticia le ha llegado al Señor Magdalena. Él sabe perfectamente que la acusación es falsa. ¿Qué debe hacer? Si confiesa la verdad y reconoce ser Valjean, volverá al horroroso presidio, el reconocido alcalde será juzgado como malhechor. Si calla, podrá seguir haciendo posible el bien a menesterosos, ciudadanos y trabajadores. Pero la voz interior sigue apelando. 

En este fragmento estamos contemplando la radiografía del alma. Todo el capítulo es una joya. En ese momento admiramos la grandeza de un hombre de verdad, que no se mide por las apariencias, sino por su rectitud. En ese espacio íntimo y sublime se escucha la voz de Dios, se contempla el prodigio de la conciencia.    

                  

 “Volvió a su cuarto y se concentró en sus pensamientos.

Examinó su situación y le pareció inaudita. Sintió un temor casi inexplicable, y echó cerrojo a la puerta, como si temiera que entrara algo. Después apagó la luz. Le estorbaba; creía que podrían verlo. Pero lo que quería que no entrara, ya había entrado; lo que quería cegar, lo miraba fijamente: su conciencia. Su conciencia, es decir, Dios.

Su mente había perdido la fuerza necesaria para retener las ideas, y pasaban por ella como las olas. Así transcurrió la primera hora (…) Le parecía que acababa de despertar de un sueño; veía en la sombra a un desconocido a quien el destino confundía con él y lo empujaba hacia el precipicio en lugar suyo. Era preciso para que se cerrara el abismo que cayera alguien, o él o el otro. Sólo tenía que dejar que las cosas sucedieran(…) Encendió la luz.

-¿Y de qué tengo miedo? (…) La Providencia lo ha querido. ¿Tengo derecho a desordenar lo que ella ordena? ¿Y qué me pasa? ¡No estoy contento! ¿Qué más quiero? El fin a que aspiro hace tantos años, el objeto de mis oraciones, es la seguridad. Y ahora la tengo, Dios así lo quiere. Y lo quiere para que yo continúe lo que he empezado, para que haga el bien, para que dé buen ejemplo, para que se diga que hubo algo de felicidad en esta penitencia que sufro. Está decidido: dejemos obrar a Dios.

Se levantó de la silla y se puso a pasear por la habitación. No pensemos más  dijo . ¡Ya tomé mi decisión!

 Pocos instantes, por más que hizo por evitarlo, continuó aquel sombrío diálogo consigo mismo. Se interrogó sobre esta "decisión irrevocable", y se confesó que el arreglo que había hecho en su espíritu era monstruoso, porque su "dejar obrar a Dios" era simplemente una idea horrible. Dejar pasar ese error del destino y de los hombres, no impedirlo, ayudarlo con el silencio, era una imperdonable injusticia (…) Todo esto lo rechazó asqueado. Y siguió dándole vueltas al tema. Reconoció que su vida tenía un objetivo, pero ¿cuál? ¿Ocultar su nombre? ¿Engañar a la policía? ¿No tenía otro objetivo su vida, el objetivo verdadero, el de salvar no su persona sino su alma, ser bueno y honrado, ser justo? ¿No era esto lo que él había querido y lo que el obispo le había mandado? Sintió que el obispo estaba ahí con él, que lo miraba fijamente, y que si no cumplía su deber, el alcalde Magdalena con todas sus virtudes sería odioso a sus ojos, y en cambio el presidiario Jean Valjean sería un ser admirable y puro. Los hombres veían su máscara, pero el obispo veía su conciencia. Debía, por lo tanto, ir a Arras, salvar al falso Jean Valjean y denunciar al verdadero.”

                  

3.- APRENDER A MIRAR

Segundo ejemplo. ¿Saben quién es Raskolnikof? Un estudiante que va a la Universidad a sacar adelante unos estudios. El personaje protagonista de la genial novela de Dostoievski Crimen y Castigo. Este estudiante lee y se toma en serio lo que lee.   Se ha enterado de que Napoleón ha cambiado el curso de la historia. Siendo un don nadie, llegó a tener en sus manos a Papas, Emperadores, Reyes y pueblos. Ha decidido imitarlo; pero ha llegado a la conclusión de que si Napoleón hizo en la Historia tanto y llegó a ser tan importante es porque dominó su conciencia. Consiguió que no le remordiera fuesen cuales fuesen sus numerosos desmanes. Raskolnikof va a medir sus fuerzas interiores examinando el comportamiento de su conciencia ante el crimen que minuciosamente preparado va a ejecutar. 

El suyo es, por así decir, un crimen pequeño. Se trata de matar a una vieja usurera (por supuesto ningún crimen es justificable). Raskolnikof lo lleva a cabo pero la conciencia no le deja en paz. No sólo le remuerde, sino que al intentar acallarla él mismo va dejando pistas que facilitarán el que lo descubran y lo condenen. El estudio psicológico de los personajes, principales y secundarios, es magistral. 

Les ofrecemos un fragmento de la cuarta parte. Un breve diálogo entre Raskolnikov y Sonia quien, por amor, será capaz finalmente de recuperar el corazón emponzoñado de un joven que ha creído que sin la barrera del orden moral se pueden alcanzar  las metas más envidiables, el ideal del superhombre que definirá Nietzsche. En el fragmento asistimos a la confesión de su crimen y a la explicación de las motivaciones que le llevaron a tan deplorable acción, ante la incredulidad de Sonia que en su sencillez va llevando a Raskolnikof  a la causa verdadera: No crees en Dios 

 “- He aquí cómo ocurrieron las cosas. Yo quería ser un Napoleón: por eso maté. ¿Comprendes?

 - No, murmuró Sonia, ingenua y tímidamente. Pero no importa: habla, habla. Y añadió, suplicante: Haré un esfuerzo y comprenderé, lo comprenderé todo.

 - ¿Lo comprenderás? ¿Estás segura? Bien, ya veremos.

Hizo una larga pausa para ordenar sus ideas.

 - He aquí el asunto. Un día me planteé la cuestión siguiente: «¿Qué habría ocurrido si Napoleón se hubiese encontrado en mi lugar y no hubiera tenido, para tomar impulso en el principio de su carrera, ni Tolón, ni Egipto, ni el paso de los Alpes por el Mont Blanc, sino que, en vez de todas estas brillantes hazañas, sólo hubiera dispuesto de una detestable y vieja usurera, a la que tendría que matar para robarle el dinero..., en provecho de su carrera, entiéndase? ¿Se habría decidido a matarla no teniendo otra alternativa? ¿No se habría detenido al considerar lo poco que este acto tenía de heroico y lo mucho que ofrecía de criminal...?» Te confieso que estuve mucho tiempo torturándome el cerebro con estas preguntas, y me sentí avergonzado cuando comprendí repentinamente que no sólo no se habría detenido, sino que ni siquiera habría comprendido que se pudiera vacilar... habría matado sin el menor escrúpulo. ¿Por qué había de tenerlo yo? Y maté, siguiendo su ejemplo... He aquí exactamente lo que sucedió. Te parece esto irrisorio, ¿verdad? Sí, te lo parece. Y lo más irrisorio es que las cosas ocurrieron exactamente así.

Pero Sonia no sentía el menor deseo de reír.

 - Preferiría que me hablara con toda claridad y sin poner ejemplos  dijo con voz más tímida aún y apenas perceptible.

Raskolnikof se volvió hacia ella, la miró tristemente y la cogió de la mano.

- Tienes razón otra vez, Sonia. Todo lo que te he dicho es absurdo, pura charlatanería... En una palabra, decidí emplear un método radical para empezar una nueva vida y ser independiente... Esto es todo. Naturalmente, hice mal en matar a la vieja..., ¡pero basta ya!

Al llegar al fin de su discurso bajó la cabeza: estaba agotado.

 - ¡No, no!  exclamó Sonia, angustiada . ¡No es eso! ¡No es posible! Tiene que haber algo más.

 - Creas lo que creas, te he dicho la verdad.

 - ¡Pero qué verdad, Dios mío!

 - Al fin y al cabo, Sonia, yo no he dado muerte más que a un vil y malvado gusano.

 - Ese gusano era una criatura humana.

 - Cierto, ya sé que no era gusano, dijo Raskolnikov, mirando a Sonia con una expresión extraña.  

No, no es eso. Lo que sucede..., sí, esto es..., lo que sucede es que soy orgulloso, envidioso, perverso, vil, rencoroso y..., para decirlo todo ya que he comenzado..., propenso a la locura. Acabo de decirte que tuve que dejar la universidad. Pues bien, a decir verdad, podía haber seguido en ella. Mi madre me habría enviado el dinero de las matrículas y yo habría podido ganar lo necesario para comer y vestirme. Sí, lo habría podido ganar. 

En vez de trabajar, vendí mis libros.... No, no fue así. Tampoco ahora cuento las cosas como fueron... Entonces yo me preguntaba continuamente: "Ya que ves la estupidez de los demás, ¿por qué no buscas el modo de mostrarte más inteligente que ellos?". Más adelante, Sonia, comprendí que esperar a que todo el mundo fuera inteligente suponía una gran pérdida de tiempo.

Sí, todo esto es verdad. Es la ley humana. La ley, Sonia, y nada más. Y ahora sé que quien es dueño de su voluntad y posee una inteligencia poderosa consigue fácilmente imponerse a los demás hombres; que el más osado es el que más razón tiene a los ojos ajenos; que quien desafía a los hombres y los desprecia conquista su respeto y llega a ser su legislador. Esto es lo que siempre se ha visto y lo que siempre se verá. Hay que estar ciego para no advertirlo. (…)

Entonces me convencí, Sonia,  continuó el joven con ardor, de que sólo posee el poder aquel que se inclina para recogerlo. Está al alcance de todos y basta atreverse a tomarlo. Entonces tuve una idea que nadie, ¡nadie!, había tenido jamás. Vi con claridad meridiana que era extraño que nadie hasta entonces, viendo los mil absurdos de la vida, se hubiera atrevido a sacudir el edificio en sus cimientos para destruirlo todo, para enviarlo todo al diablo... Entonces yo me atreví y maté... Yo sólo quería llevar a cabo un acto de audacia, Sonia. No quería otra cosa: eso fue exclusivamente lo que me impulsó.

 -¡Calle, calle!  exclamó Sonia fuera de sí. Usted se ha apartado de Dios, y Dios le ha castigado, lo ha entregado al demonio.

 - Así, Sonia, ¿tú crees que cuando todas estas ideas acudían a mí en la oscuridad de mi habitación era que el diablo me tentaba?

 - ¡Calle, ateo! No se burle... ¡Señor, Señor! No comprende nada. (…)

 - Bueno, ¿qué debo hacer? Habla, dijo el joven, levantando la cabeza y mostrando su rostro horriblemente descompuesto.

 - ¿Qué debe hacer?  Exclamó la muchacha. (…)

- ¿Quieres que vaya a presidio, Sonia?  Preguntó con acento sombrío. ¿Pretendes que vaya a presentarme a la justicia?

 - Debe aceptar el sufrimiento, la expiación, que es el único medio de borrar su crimen.”

 

4.- RINCÓN DE LA PINTURA

Les ofrecemos hoy  la contemplación de un óleo de la pintora Isabel Guerra, monja cisterciense, llamada “la pintora de la luz”. De entre el abanico de sus temas destaca la colección de retratos de chicas jóvenes en las que deja ver que por encima de la hermosura corporal se manifiesta la belleza escondida del espíritu. Y en muchos de estos óleos, en los que se nos presenta a la protagonista  recogida hacia dentro en el momento en que ha de tomar una elección decisiva por ejemplo, en el discernimiento de su vocación. Su introspección contemplativa nos permite adivinar que es en el espacio de su conciencia donde está teniendo lugar este encuentro.  “El núcleo más secreto y el sagrario del hombre, en el que éste se siente a solas con Dios, cuya voz resuena en el recinto más íntimo de aquélla”. (CIC)

Podemos imaginar que la escena tiene lugar en la zona ajardinada dentro de la huerta que solemos encontrar en casas de ejercicios o en conventos o monasterios. Dos conjuntos estructuran el espacio: En primer plano, una mujer joven que sirve de eje vertical y centra la obra, una melena rubia corta circunda el óvalo de su rostro y la raya del peinado inicia la verticalidad continuando en la nariz, el hoyuelo de los labios, la barbilla, la garanta, un pequeño escote triangular, formado por el cruce de las puntas de una toquilla o bufanda amplia que le cubre los hombros y sujeta con sus manos con un toque de delicadeza que delata la finura y elegancia de su personalidad, al mismo tiempo que nos sugiere que todavía un fresquillo incómodo está presente en el estallido de la primavera. Las manos continúan la verticalidad que se pierde en la falda con que remata el retrato, no de cuerpo entero. El rostro inclinado, los ojos entornados, nos evocan una hermosura serenamente clásica, pero ante todo que lo mejor de esta mujer se encuentra en su “hacia dentro” en la interioridad de su espíritu.


 

Todo lo demás del cuadro es  un fondo y un entorno vegetal. Un arbusto cargado de espléndidas flores blancas ampara sus espaldas y una línea de árboles pone una franja oscura que contrasta con la luminosidad de todo lo demás.

La escena nos parece tan familiar y tan realista que podría confundirse con una fotografía. Sin embargo, ¡ay, sin embargo!..., la creatividad de sor Isabel hace que lo cotidiano transcienda la realidad y la escena adquiera valores simbólicos que hablan de valores humanos tantas veces olvidados.

No, no se trata de esa foto para el recuerdo que nos sacamos delante de un fondo bonito a la par que improvisamos la mejor sonrisa  mientras pronunciamos la palabra “patata” para eternizar nuestra habilidad teatral y nuestra eterna juventud y hasta nuestro señorío.

Nada que ver con la imagen pintada por Isabel Guerra.  Esta mujer está buscando dentro lo que no ha encontrado fuera, y además en el momento en que sale del jardín y se dirige hacia la casa. No está posando. Está viviendo un momento de gracia en el interior de su espíritu, en su conciencia, donde se le hace evidente que toda la hermosura de la creación, representada en la delicia del arbusto, no es suficiente para calmar y colmar sus anhelos de infinito. Les da la espalda porque ella quiere más. 

Todo esto parece recordar a San Juan de la Cruz:

 

En la interior bodega

de mi amado bebí, y cuando salía

por toda aquesta vega,

ya cosa no sabía,

y el ganado perdí, que antes seguía.

 

Allí me dio su pecho

allí me enseño ciencia muy sabrosa,

y yo le di de hecho

a mí, sin dejar cosa;

allí le prometí de ser su esposa.

 

Mi alma se ha empleado,

y todo mi caudal en su servicio:

ya no guardo ganado,

ni ya tengo otro oficio;

que ya sólo en amar es mi ejercicio.

 

Del mismo Cántico espiritual, al ver el cuadro de Sor Isabel me parece escuchar  en boca de la joven:

 

¡Ay, quién podrá sanarme!

Acaba de entregarte ya de vero;

no quieras enviarme

de hoy más ya mensajero,

que no saben decirme lo que quiero.

 

5.- MOMENTO PARA LA POESÍA

CERVANTES Y LA FIDELIDAD A LA CONCIENCIA

Un ejemplo más. Presentamos al personaje de Hamlet como  prototipo del hombre moderno que vacila, que está dubitativo sobre si debe escuchar la voz de su conciencia o saltársela sin miramientos ni  remordimientos. Al final opta por la acción, aunque contradiga su moral y se lo reproche el sentido común: la plenitud del vivir está en el hacer. Para Hamlet lo contrario es dormir, morir. 

Curiosamente eso es Europa, eso es la modernidad, eso es el Occidente, en donde lo que importa es la acción, sin cortapisas morales, religiosas, ni siquiera políticas. La razón se pone al servicio de la voluntad.  Se suele decir que cuando un hombre prudente tenía que hacer algo, primero contemplaba, reflexionaba, profundizaba, y entonces, cuando tenía clara la idea, trataba de llevarla a la realidad; la voluntad y la inteligencia se ponían al servicio de ese proyecto que había sido definido como lo mejor.

El mundo moderno es al revés: “-¿Usted, qué quiere?”. No, yo no tengo que decir qué quiero sino descubrir lo mejor. Yo lo que tengo que hacer es analizar, pensar, discurrir y, cuando crea que me he aproximado desde la razón a lo mejor, entonces nos ponemos en marcha. 

En  el monólogo “ser o no ser” de Hamlet, la conciencia es el gran obstáculo para obrar, o porque te recuerda posibles castigos finales o porque simplemente te advierte que lo que quieres hacer es un mal en sí mismo. Mejor entonces borrar la voz de la conciencia. Sin esta clave es difícil que podamos entender ni la historia moderna ni las filosofías dominantes.

Ofrecemos a consideración un texto de Don Miguel de Cervantes. Lo escribió hacia 1580, recién venido de su cautiverio en Argel. Es menos conocido, pero en la contienda que sigue en pie entre la civilización cristiana y la civilización dominante hoy parece  digno de estudio. Es un monólogo también, en este caso de Aurelio, esclavo en Argel, personaje de la comedia “El trato de Argel”, una obra dramática que escribió Cervantes para las campañas de recogida de limosnas nada más volver del cautiverio. Era costumbre recorrer los pueblos y mediante charlas, representaciones teatrales y otras actividades, mover conciencias y bolsillos. Los beneficios se utilizaban para el  rescate de cautivos.

Se dice que es la obra en la que mejor se reflejan los años de cautividad de Cervantes. Varios personajes la encarnan. Uno de ellos es Aurelio, un personaje que está al servicio de la dueña de la casa. Zoraida, la dueña, se ha encaprichado de él. Y no ceja con mil argucias para dar cumplimiento a sus deseos. Durante toda la obra Aurelio se resiste. Aurelio es un hombre con conciencia y, además, es un hombre fiel al compromiso amoroso con una joven, también cautiva y a su vez solicitada por el dueño de la casa. La obra es un reflejo fiel de los tormentos físicos y psíquicos que tenían que pasar los cautivos cristianos. No es de extrañar que un tanto por ciento muy alto terminara renegando de la fe.  

El monólogo que os reproduzco, tiene lugar justo cuando Aurelio, harto de tanto sufrimiento y seducido por mil promesas y halagos está dispuesto a entregarse a su señora. El monólogo tiene lugar mientras va de camino hacia la habitación de Zoraida. Aurelio está a punto de sucumbir, harto de tener que estar diciendo siempre que no. Y de pronto una luz interior le reprocha su acción: 

 

 “Aurelio, ¿adónde vas?”. ¡Iba a entregarse  a Zoraida! 

Aurelio, ¿dónde vas? ¿Para dó mueves 

el vagaroso paso? ¿Quién te guía?

¿Con tan poco temor de Dios te atreves

a contentar tu loca fantasía?

Las ocasiones fáciles y leves

que el lascivo regalo al alma envía 

tienen de persuadirte y derribarte

y al vano y torpe amor blando entregarte.

¿Es éste el levantado pensamiento

y el propósito firme que tenías

de no ofender a Dios, aunque en tormento

acabasen tus cortos, tristes días?

¿Tan presto has ofrecido y dado al viento

las justas, amorosas fantasías,

y ocupas la memoria de otras vanas,

inhonestas, infames y livianas?

¡Vaya lejos de mí el intento vano!

¡Afuera, pensamiento malnacido!

 

Se lo está diciendo él a sí mismo. Es la conciencia la que está hablando con él. Todo ello es un monólogo, como el que hemos oído a Hamlet, pero con la diferencia de que aquí la protagonista es la conciencia moral recta. Y no un “fuera la conciencia, que me estorbas para mis propósitos”. 

 

¡Vaya lejos de mí el intento vano!

¡Afuera, pensamiento malnacido!

¡Que el lazo enredador de amor insano,

de otro más limpio amor será rompido!

¡Cristiano soy, y he de vivir cristiano; 

y, aunque a términos tristes conducido,

dádivas o promesa, astucia o arte,

no harán que un punto de mi Dios me aparte!

Antológico. Alguien dirá: “¡Increíble! Esas son cosas de la literatura”. Pues menos mal que, al menos en la ficción, existe. ¿De verdad que no hay Alguien, que no hay una ley de Dios que nos obliga a la fidelidad, que no es exigencia de la propia naturaleza del amor?

 Esto es impensable en el mundo moderno, en la Europa moderna, donde se escucha con frecuencia: “¡fuera la conciencia, que me impide actuar en el amor o en el enriquecerme, o en la conquista de este mundo a toda costa, o en el poder, o en las mil  adicciones!”. Pero no es de recibo en la civilización cristiana. Es antológico Cervantes, porque es el hombre sencillo el que sale triunfador. La tentación es fuerte: “Zoraida, me está diciendo que tendré un modo de vivir más libre, y ya no ser esclavo, me dará la libertad”. Llega a ser tan persuasiva… que sabe las preferencias de Aurelio y le recuerda: “Y además, te traeré vino bueno”. 

Cervantes, treinta años antes que Shakespeare, opta por cantar la fidelidad a la conciencia. Un hombre joven, atractivo, es capaz de ser fiel al cumplimiento de su moral cristiana. “He jurado ser fiel a Dios, pues cumplo con mi fidelidad”. Y, además, por fidelidad a la mujer.


6.- EL CAMINO DE LAS ARTES

En nuestra sección final, durante algunas semanas, daremos lectura y comentaremos una pequeña y fantástica novela, escrita  por Michael Ende y con la apariencia de una novela-cuento de hadas, en la que se exponen reflexiones de gran hondura acerca de nuestra mentalidad contemporánea. Nos referimos a Momo. Fue publicada en 1973 y pronto alcanzó una difusión extraordinaria. 

Por cierto, en ella encontramos preciosas reflexiones alusivas al papel nuclear de la conciencia en la orientación de la propia vida frente a una civilización convulsa y pragmática, acelerada y superficial como la de nuestros días en tantos aspectos.

En 1986 se realizó su adaptación al cine, con producción italo-alemana y bajo la dirección de Johannes Schaaf. El propio Ende hace de sí mismo, por cierto. Y cuenta con la contribución del legendario John Houston en el papel del Maestro Hora. La protagonista es una acertadísima Radost Bokel, joven actriz alemana. La banda sonora le fue encomendada al músico italiano Angelo Branduardi.

La película como tal es algo irregular, pero cuenta con momentos excelentes. De la banda sonora de Branduardi destacamos la delicadísima pieza titulada “La canción de Momo”, que les ofrecemos seguidamente.

https://www.youtube.com/watch?v=P2WMs8R9M5Q

  


7.-  “MOMO”, LA EXTRAÑA HISTORIA DE LOS LADRONES DEL TIEMPO Y DE LA NIÑA QUE DEVOLVIÓ EL TIEMPO A LOS HOMBRES .

 Momo, decíamos, es una novela juvenil publicada en 1973 por Michael Ende, el autor de “La historia interminable”. Es una narración, a primera vista, fantástica. Pero el mensaje que nos transmite encaja tan ajustadamente con nuestro tiempo, que uno tiene la sensación de encontrarse ante una historia demasiado real. 

Momo es una niña prodigiosa. Tiene a su edad -entre ocho y doce años- el don de consejo, más esperable en una persona mayor que en  una preadolescente. No se sabe quienes son sus padres y vive entre las ruinas de un anfiteatro romano, en una espacio que los vecinos le ha acondicionado. Viste desgarbadamente. La prenda más habitual es un chaquetón que desborda su cuerpecito, siempre arremangado y con un cinturón que impide arrastrarlo por el suelo. No lo hace por capricho, tiene además el extraño don de discernimiento. Ella sabe lo que es verdaderamente importante en nuestra vida. Desde luego no las cosas materiales. 

Por ejemplo, lo más importante para ella es tener amigos, ganarse nuevos amigos, dedicar su tiempo a la amistad. Su don  de consejo no consiste en que sabe dar a cada persona la respuesta más sagaz y conveniente, no. Su habilidad admirada es que sabe escuchar a cada persona de tal manera, que todos se retiran de ella con la impresión de haber sido entendidas. Ser escuchados, he aquí una de las necesidades más urgentes y epidémicas de nuestro tiempo. Escuchar desde la intimidad y no con mirada y oídos distraídos, como quien oye llover. Cuando alguien nos escucha, nos parece que le importamos.

El estilo de vida de Momo y sus amigos ha desencadenado una persecución a muerte por parte de los hombres grises, una especie de secta que predica el ahorro del tiempo, como clave para conseguir una vida más confortable y feliz. Han llenado la ciudad, las fábricas, oficinas y trasportes de eslóganes del tipo “El tiempo es oro”, frente a Momo que tiene muy claro que el “tiempo es vida”. Trabajar más en menos tiempo. Para ello hay que suprimir todo aquello que por no producir beneficios contables debemos tenerlo por pérdida del tiempo, por dilapidarlo. Toda actividad humanitaria se convierte en pasatiempo y por ello hay que suprimirla. Aún a costa del estrés, del vacío existencial y de una corrosiva y amarga tristeza. 

Michael Ende nos está poniendo delante una radiografía de una enfermedad común de nuestro tiempo. Siempre deprisa y hacia fuera de nosotros mismos sin hallar momento para el encuentro íntimo ni la confidencia. En el ser humano todo modelo es posible, toda manera de vivir practicable; pero sólo una, la que se acomoda al bien de nuestra naturaleza, nos lleva hacia la perfección y la felicidad.

Como ejemplificación hemos seleccionado el fragmento en que se nos cuenta lo que le ha ocurrido a Fusi, el barbero del barrio. Personaje entrañable para los clientes y los vecinos. Inquieto al ver que el tiempo se le iba sin haber dejado en su vivir algo que le prestigie, le ha asaltado la idea de que debe recuperar el tiempo y tras recibir la visita del agente correspondiente de los hombres grises ha decidido cambiar su estilo de vida. 

         El barbero afable se ha convertido en un ser huraño que solo busca en su trabajo ganar tiempo y dinero, aunque deje de hacerlo con la habilidad de antes y pierda la satisfacción que siempre le había proporcionado. De la misma manera corta su dedicación a los amigos, a Dorita, la amiga inválida, e incluso al cuidado de su madre. Para colmo, abandona el hábito del examen cuidadoso había realizado siempre antes de dormir. ¿Pero adónde había ido el tiempo ahorrado? El tiempo es una sucesión fugaz que solo se remansa psicológicamente cuando la fiesta o la obra buena, permiten el recuerdo gozoso y la satisfacción personal. Claro que ganaban más dinero, claro que  podían vestir mejor; pero cada vez se volvían más nerviosos e intranquilos; sus rostros aparecían tristes y se estaban volviendo desagradables.

Un hecho llama poderosamente la atención: los hombres seducidos por el tiempo no soportan el silencio. Aturdirnos es mejor que dar ocasión para caer en la cuenta de la locura en que vivimos. Griterío en todo momento, griterío en toda la ciudad. Es insoportable adentrarnos en nuestro interior y constatar que nos hemos quedado vacíos. ¿Seguro que se trata de una novela fantástica?:

 

El propósito de ahorrar tiempo para poder empezar otra clase de vida en algún momento del futuro se había clavado en su alma como un anzuelo. Y entonces llegó el primer cliente del día. El señor Fusi lo atendió refunfuñando, dejó de lado todo lo superfluo, se estuvo callado, y, efectivamente, en lugar de en media hora acabó en veinte minutos. Lo mismo hizo desde entonces con todos los clientes. Su trabajo, hecho de esta manera, no le gustaba nada, pero eso ya no importaba. Además del aprendiz, contrató dos oficiales y vigilaba que no perdieran ni un solo segundo. Cada movimiento se realizaba según un plan de tiempos exactamente calculado. En la barbería del señor Fusi colgaba ahora un cartel que decía: “el tiempo ahorrado vale el doble”.

Escribió una cartita breve, objetiva, a la señorita Daría, en la que decía que por falta de tiempo no podría ir a verla. Vendió su periquito a una pajarería. Envió a su madre a un asilo bueno, pero barato, adonde la iba a ver una vez al mes. También en todo lo demás siguió los consejos del hombre gris, pues los tomaba por decisiones propias.

Cada vez se volvía más nervioso e intranquilo, porque ocurría una cosa curiosa: de todo el tiempo que ahorraba, no le quedaba nunca nada, desaparecía de modo misterioso y ya no estaba. Al principio de modo apenas sensible, pero después más y más, se iban acortando sus días. Antes de que se diera cuenta, ya había pasado una semana, un mes, un año, y otro. 

Diariamente se explicaban por radio, televisión y en los periódicos las ventajas de nuevos inventos que ahorraban tiempo. (…) Pero la realidad era muy otra. Es cierto que los ahorradores de tiempo iban mejor vestidos que los que vivían cerca del viejo anfiteatro. Ganaban más dinero y podían gastar más. Pero tenían caras desagradables, cansadas o amargadas y ojos antipáticos. (…) No tenían a nadie que pudiera escucharles y les ayudara a volverse listos, amistosos o contentos. (…) Según decían, tenían que aprovechar incluso los ratos libres, con lo que tenían que conseguir, como fuera y a toda prisa, diversión y relajación.

Así que ya no podían celebrar fiestas de verdad, ni alegres ni serias. El soñar se consideraba, entre ellas, casi un crimen. Pero lo que más les costaba soportar era el silencio. Porque en el silencio les sobrevenía el miedo, porque intuían lo que en realidad estaba ocurriendo con su vida. Por eso hacían ruido siempre que los amenazaba el silencio. Pero está claro que no se trataba de un ruido divertido, como el que reina allí donde juegan los niños, sino de uno airado y pesimista, que de día en día hacía más ruidosa la ciudad…

Nadie se daba cuenta de que, al ahorrar tiempo, en realidad ahorraba otra cosa. Nadie quería darse cuenta de que su vida se volvía cada vez más pobre, más monótona y más fría. Los que lo sentían con claridad eran los niños, pues para ellos nadie tenía tiempo.”

           

 

 

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